CUANDO HAY QUE HABLAR DE GESTIÓN...
"UN LUGAR COMPLEJO: DINAMISMO FRENTE A ESTABILIDAD Buscar el apoyo de nuestros iguales para mejorar nuestras propias prácticas de aula tiene su explicación principal en la complejidad que posee este contexto. Un aula es un sistema vivo, es dinámica, es un espacio social de comunicación e intercambio que impone una serie de exigencias a los diseños de los profesores y a cualquier proyecto de investigación que se realice dentro de ella (10) . Obviamente, exige también un perfil muy singular a las personas que optan por desarrollar esta profesión y se enfrentan día a día con un nutrido grupo de estudiantes con frecuencia poco deseoso de escuchar y aprender. El contexto laboral al que se enfrenta cotidianamente un profesor no es fácil de gestionar. Desenvolverse en él arrastra a la ley del todo o nada. O nos entregamos de manera total o acumularemos considerables episodios capaces de generar una buena depresión. Lejos debe quedar aquella imagen de algunos docentes que, mientras mandaban una larga copia a su alumnado, se entretenían corrigiendo o, en algunos casos, incluso leyendo el periódico. Eso hoy en día, afortunadamente, debido a muchas razones, es poco viable, sobre todo si damos clase en los primeros niveles de Primaria o en un 3º o 4º de Secundaria.
Existen referentes teóricos que describen de manera acertada la cantidad de rasgos peculiares que definen el ambiente de un aula (11) bajo esta perspectiva viva y dinámica que estamos comentando. Por lo pronto, es un lugar en el que suceden demasiadas cosas -hay multidimensionalidad- ya que es un lugar abarrotado en el que hay mucha gente. A la vez, ocurren muchas cosas pero siempre al mismo tiempo, con simultaneidad. Todo ello de forma inmediata, rápida. Con qué rapidez un alumno insulta al compañero y otro deja de atender porque lo que oye o hace no le interesa. Y no hay nada previsible en lo que va aconteciendo cada día, suceden los hechos de manera inesperada, con imprevisibilidad. Este ambiente se complica por el hecho de que todo lo que hacen profesores y estudiantes se realiza bajo la publicidad, esto es, se hace delante de los demás participantes. El grito descontrolado que dedicamos a un alumno que por décima vez ha hecho en clase lo que no debe es también escuchado por ese compañero tímido e inhábil socialmente. Pensar en la sola posibilidad de recibir esa respuesta del profesor tan intensa en decibelios le puede llevar a este tímido estudiante a callar de manera permanente, se haga lo que se haga en el aula, con las consecuencias negativas que esto puede acarrear. Lo que va sucediendo en el aula es también tributario de lo que ha sucedido en las clases anteriores, hay un respeto a la historia de los acontecimientos. Si un día se permitió un comportamiento, los estudiantes protestarán si pasadas las semanas se prohíbe sin haber una razón aparente para ello. Pero frente a estos rasgos tan peculiares que asocian el aula a un ambiente dinámico y en permanente cambio, otros autores (12) se han detenido a explicar la cantidad de hechos que definen el ambiente de un aula como algo uniforme. Se subraya desde esta perspectiva que en las clases, por lo pronto, existe un entorno físico estable. Los profesores y profesoras, sobre todo los de Primaria, a veces dedican un esfuerzo por realizar esas modificaciones espaciales y mobiliarias siempre necesarias, pero al final, una clase es una clase. Esta tendencia queda explicada en este párrafo que transcribimos textualmente:
En sus esfuerzos por hacer más hogareñas las aulas, los profesores de primaria dedican un tiempo considerable a su decoración. Se cambian los tableros de anuncios, se cuelgan nuevos grabados y la disposición de los puestos pasa de círculos a filas o viceversa, Pero, en el mejor de los casos, estas modificaciones son superficiales (...) Es posible que se reestructuren los tableros de anuncios pero nunca se eliminarán; se dispondrán de otro modo los asientos pero tendrán que seguir siendo treinta, es posible que la mesa del profesor tenga una nueva forma pero allí seguirá, tan permanente como los mapas enrollables o la papelera (...) (13) .
Es evidente que a partir de los planteamientos que aquí se hacen no se debe concluir en la idea de que cambiar la distribución del aula sea algo innecesario. Todo lo contrario. Lo que aquí se explica es cómo, a pesar de que los docentes se esfuercen por hacer las necesarias modificaciones en sus aulas, siempre existirá una percepción de estabilidad en este entorno físico dada la constancia de los elementos que allí existen. A esto tendríamos que añadir otro rasgo estable muy curioso que cualquier docente puede comprobar día a día. El autor que estamos refiriendo habla de los olores de una clase. Todas parecen tener, independientemente de los detergentes que se usen o de las distintas ceras o lápices empleados, una especie de olor universal, creador de un ambiente que impregna todo el edificio: la tiza, la transpiración del alumnado, el bocadillo que se guarda en la mochila... Es verdad que a una persona que entrase en un aula con los ojos vendados, le bastaría olfatear un poco para averiguar dónde estaba. El contexto social que existe en el aula sería otro elemento que contribuiría a esta estabilidad que estamos explicando. Durante nueve meses, y a veces durante muchos años de escolaridad obligatoria, los participantes de un aula son siempre constantes y están sometidos a una permanente intimidad social, a un estar codo a codo durante muchas horas como en pocos otros sitios o instituciones sucede. Vemos a los mismos 25 chicos y chicas durante meses enteros y, en ocasiones, hasta van a estar ocupando el mismo lugar durante todo el curso. Qué expectación se produce cuando de repente un padre, en sus esfuerzos por hacer más hogareñas las aulas, los profesores de primaria dedican un tiempo considerable a su decoración. Se cambian los tableros de anuncios, se cuelgan nuevos grabados y la disposición de los puestos pasa de círculos a filas o viceversa, Pero, en el mejor de los casos, estas modificaciones son superficiales (...)
Es posible que se reestructuren los tableros de anuncios pero nunca se eliminarán; se dispondrán de otro modo los asientos pero tendrán que seguir siendo treinta, es posible que la mesa del profesor tenga una nueva forma pero allí seguirá, tan permanente como los mapas enrollables o la papelera (...) (13) . Es evidente que a partir de los planteamientos que aquí se hacen no se debe concluir en la idea de que cambiar la distribución del aula sea algo innecesario. Todo lo contrario. Lo que aquí se explica es cómo, a pesar de que los docentes se esfuercen por hacer las necesarias modificaciones en sus aulas, siempre existirá una percepción de estabilidad en este entorno físico dada la constancia de los elementos que allí existen. A esto tendríamos que añadir otro rasgo estable muy curioso que cualquier docente puede comprobar día a día. El autor que estamos refiriendo habla de los olores de una clase. Todas parecen tener, independientemente de los detergentes que se usen o de las distintas ceras o lápices empleados, una especie de olor universal, creador de un ambiente que impregna todo el edificio: la tiza, la transpiración del alumnado, el bocadillo que se guarda en la mochila... Es verdad que a una persona que entrase en un aula con los ojos vendados, le bastaría olfatear un poco para averiguar dónde estaba. El contexto social que existe en el aula sería otro elemento que contribuiría a esta estabilidad que estamos explicando. Durante nueve meses, y a veces durante muchos años de escolaridad obligatoria, los participantes de un aula son siempre constantes y están sometidos a una permanente intimidad social, a un estar codo a codo durante muchas horas como en pocos otros sitios o instituciones sucede. Vemos a los mismos 25 chicos y chicas durante meses enteros y, en ocasiones, hasta van a estar ocupando el mismo lugar durante todo el curso.
Qué expectación se produce cuando de repente un padre, un investigador o cualquier adulto ajeno al centro asoma por la puerta. La poca frecuencia de estos hechos justifica el revoloteo que se suele generar. Las mismas cosas, los mismos olores, las mismas personas. Pero a todo esto tenemos que añadir la tendencia del profesor a querer hacer siempre lo mismo, o mejor dicho, a recurrir a estructuras de actividades o secuencia de tareas que se repiten configurando una metodología regular y estable. Cuando se registraron las muchas horas de clase para realizar el estudio en el que se basa esta publicación, asistimos a coincidencias entre muchos profesores que ejemplifican esta estructura repetitiva del profesorado en las tareas, esa tendencia a buscar la constancia dentro del dinamismo que conlleva el aula. Profesores de Matemáticas, Lengua o Sociales realizaban todos los días una secuencia de tareas muy semejante: corrección de los deberes marcados para casa, lectura colectiva del libro de texto, explicación de lo que no se entendía y realización de los ejercicios del libro de manera individual (y lo que no daba tiempo quedaba como "deberes para casa").
Y al día siguiente, vuelta a empezar. En estos hechos se deja entrever (14) que las estructuras horarias se reiteran con bastante facilidad entre los docentes aun impartiendo contenidos muy diferentes. A su vez, observamos que casi todas las tareas están siempre relacionadas con el libro de texto y el cuaderno del alumnado. Igualmente, solo se utilizan los medios existentes dentro del aula y las actividades se realizan de manera simultánea por parte de los alumnos y alumnas. Es verdad que esta forma de organizar la clase no era idéntica en todo el profesorado. Algunos de ellos rompían estos patrones instructivos y generaban un cambio importante en sus aulas, lo que conllevaba innumerables ventajas. A partir de los argumentos que estamos planteando, vemos por tanto que en un aula existen elementos contradictorios. En la figura 1 tratamos de exponerlos. Por un lado, ese flujo cambiante de acontecimientos que explicábamos al principio de este apartado (multidimensionalidad, imprevisibilidad, inmediatez...) que nos dibujaba clase como un sistema vivo y dinámico, lugar de constantes sorpresas y sobresaltos. Pero, por otro, una dimensión de estabilidad (física, social y hasta olfativa) que las profesoras y profesores tendemos a acentuar con una repetición cíclica y coincidente de las tareas que realizamos.
Por qué tendemos a estas situaciones de repetición cíclica que amplifican la estabilidad del aula reside probablemente en esta idea: los profesores utilizan mecanismos simplificadores para reducir la complejidad a dimensiones manejables (15) . El autor que establece esta explicación sostiene también que esos esquemas de comportamiento repetitivos, que serían los "mecanismos simplificadores", se reclaman por un principio de economía de orden psicológico en el profesional. O lo que es lo mismo, recurrimos a ello porque de lo contrario lo que ocurre en un aula nos desbordaría. Sobre todo, si tenemos en cuenta, idea que subyace de manera permanente en este escrito, que es tan poca la información que tenemos en torno a cómo hay que desenvolverse cuando cerramos la puerta de la clase, son tan pocos los modelos que nos han permitido observar la gestión y organización de otros compañeros que nos agarramos a esas simplificaciones como única salida."
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