EL MAESTRO IGNORANTE DE RANCIERE... revisitando ideas...
El maestro ignorante: cinco lecciones
sobre la emancipación intelectual, es la obra que Jaques Ranciere escribe en
2002, pero como las obras sin tiempo, es bueno revisitarlas a la luz de nuevas
interpretaciones. Elegimos algunos párrafos del prólogo de esta lectura para reflexionar
en torno a la relación escuela-igualdad-desigualdad y propuesta pedagógica…
…Nuestras sociedades están muy
lejos de esa franqueza. Se representan a sí mismas como sociedades homogéneas
en las cuales el ritmo vivo y común de la multiplicación de mercancías e
intercambios allanó las viejas divisiones de clases y hace participar a todo el
mundo en los mismos goces y libertades. Ya no hay proletarios, sólo recién
llegados que aún no logran seguir el ritmo de la modernidad, o atrasados que,
por el contrario, no supieron adaptarse a las aceleraciones de ese ritmo. La
sociedad se representa, así como una vasta escuela que tiene sus salvajes para
civilizar y sus alumnos con dificultades de aprendizaje. En este contexto, la
institución escolar está cada vez más a cargo de la tarea fantasmática de
colmar la separación entre la igualdad de condiciones proclamada y la
desigualdad existente, cada vez más conminada a reducir las desigualdades
consideradas residuales. Pero la función última de esta sobreinvestidura
pedagógica es afirmar la visión oligárquica de una sociedad-escuela, donde el
gobierno no es otra cosa que la autoridad de los mejores de la clase. A esos
"mejores de la clase" que nos gobiernan se les vuelve a plantear
entonces la vieja alternativa: unos les piden adaptarse, por medio de una buena
pedagogía comunicativa, a las inteligencias modestas y a los problemas
cotidianos de los menos dotados, que somos nosotros; otros les piden, por el
contrario, que administren desde la distancia indispensable para la buena
progresión de la clase, los intereses de la comunidad.
…Es precisamente esto lo que
Jacotot tenía en la cabeza: la manera en la que la Escuela y la sociedad se
simbolizan la una a la otra sin cesar, y reproducen indefinidamente la
presuposición no igualitaria, incluso en su negación. No quiere decir que
estuviera animado por la perspectiva de una revolución social. Su lección
pesimista era, por el contrario, que el axioma igualitario no tenía efectos
sobre el orden social. Aunque la igualdad, en última instancia, fundaba la
desigualdad, sólo lograba actualizarse de manera individual, en la emancipación
intelectual que siempre podía devolverle a cada uno la igualdad que el orden
social le negaba y le negará siempre por su propia naturaleza. Pero ese
pesimismo tenía también su mérito: señalaba la naturaleza paradójica de la
igualdad, a la vez principio último de todo orden social y gubernamental y
excluida de su funcionamiento "normal". Al poner a la igualdad fuera
del alcance de los pedagogos del progreso, también la ponía fuera del alcance
de la chatura liberal y de los debates superficiales entre aquellos que hacen
que la igualdad consista en las formas constitucionales y quienes hacen que
consista en las costumbres de la sociedad. La igualdad, enseñaba Jacotot, no es
formal ni real. No consiste ni en la enseñanza uniforme de los niños de la
república ni en la disponibilidad de productos a bajo precio en las góndolas de
los supermercados. La igualdad es fundamental y ausente, es actual e
intempestiva, siempre atribuida a la iniciativa de los individuos y de grupos
que, contra el curso ordinario de las cosas, asumen el riesgo de verificarla,
de inventar las formas, individuales o colectivas, de su verificación. Esta
lección también es hoy, más que nunca, actual.

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