RETROALIMENTACIÓN FORMATIVA EN LOS CAMBIOS DE MIRADA SOBRE LA EVALUACIÓN

 

Evaluar es una tarea ardua.  Recordamos, con Rebeca Anijovich, que… “la evaluación condensa sentidos construidos desde el sistema educativo y define la trayectoria escolar de los estudiantes. Es una práctica que impacta en el sujeto, en su familia y en la propia institución educativa. Esto da cuenta de un entramado que no siempre se encuentra visible en el diseño de propuestas de evaluación. Además, evaluar conlleva habitualmente decisiones que la docencia toma en soledad, donde la prueba escrita u oral son casi las únicas evidencias para corroborar aprendizajes. Y hoy sabemos que la complejidad y variedad de los aprendizajes que pretendemos de nuestros estudiantes exceden el trabajo con lápiz y papel. La evaluación condiciona los procesos de enseñanza y aprendizaje, incluso el modelo de institución educativa. Por ello, es necesario mejorar la forma de comprenderla y practicarla. Teniendo en cuenta lo anterior, evaluar para aprender supone un modo más auténtico y desafiante de integrar la evaluación con la enseñanza y el aprendizaje, desde donde se desprende la noción de retroalimentación formativa”. Reconocemos la evaluación entendida como «una oportunidad para que los estudiantes pongan en juego sus saberes, visibilicen sus logros, aprendan a reconocer sus debilidades y fortalezas, además de la función “clásica” de aprobar, promover, certificar» (Anijovich y Cappelletti, 2017:4). Desde esta perspectiva, la evaluación ofrece información sobre el proceso de aprendizaje, y no solo sobre el resultado. Esta información resulta valiosa, tanto para el estudiante en función de su propio recorrido, como para el docente en su tarea de enseñar. Se trata de evaluar para aprender, situando al alumnado en el centro del proceso de aprendizaje, reconociendo la evaluación como una mejora continua, y destacando las prácticas de retroalimentación como motores que contribuyen a dicha mejora. Esta mirada sobre la evaluación reconoce lo particular, único y diverso de cada estudiante, favoreciendo el desarrollo de procesos metacognitivos para que, tal y como plantea Camilloni (2004), aumente su capacidad de pensar y reflexionar acerca de su aprendizaje. Para que esto se logre, es necesario que cada estudiante conozca y comprenda los objetivos de aprendizaje, y que estos guíen su proceso de reflexión. Con ello, se busca promover la toma de conciencia de los estudiantes sobre su proceso de aprendizaje, y contribuir al desarrollo de su autonomía. La evaluación para el aprendizaje implica el tránsito hacia una cultura del aula en la que los estudiantes puedan juzgar su propio trabajo y el de los demás, comprendiendo cuál es el aprendizaje que se proponen alcanzar. Para evaluar su trabajo y el de sus pares, necesitan «saber» cuál es el desempeño apropiado («a dónde tienen que llegar»), saber en qué fase de su propio aprendizaje están, y recibir apoyo acerca de qué caminos tomar para alcanzarlo. Está claro que la retroalimentación se distingue de la mera calificación. Mientras que la primera ofrece información cualitativa sobre los logros, los desafíos y los modos en que una producción puede ser mejorada, la calificación solo otorga un valor a dicha producción en función de una escala definida previamente. Estas prácticas promueven relaciones horizontales de colaboración, instalando una cultura democrática de participación activa. Wiliam (2011) define cinco estrategias clave para que la evaluación sea un puente entre la enseñanza y el aprendizaje: • Compartir los propósitos educativos y los criterios de logro o metas de aprendizaje. • Diseñar e implementar actividades que evidencien lo que el alumnado está aprendiendo. • Favorecer las interacciones entre pares como fuente de aprendizaje. • Activar al alumnado como responsable de su propio proceso de aprendizaje. • Ofrecer retroalimentaciones formativas que favorezcan avances en los procesos de aprendizaje. Siguiendo las investigaciones señaladas anteriormente, encontramos evidencias que dan cuenta del valor de la retroalimentación formativa en la mejora de los aprendizajes, a partir de la construcción de un vínculo de confianza entre docentes y estudiantes, una comunicación fluida y un intercambio de ideas, preguntas y reflexiones. La palabra retroalimentación no es lo suficientemente amplia, ya que su raíz remite a ofrecer información o sugerencias sobre lo que ya ocurrió. Sin embargo, es un concepto presente en toda la literatura, y no pretendemos abandonarlo en su totalidad, sino más bien complementarlo. Nos proponemos agregar significados que completen su sentido y otorguen pistas para pensar estrategias que sitúen la retroalimentación en el aula desde una perspectiva de proyección hacia adelante. En Latinoamérica, las prácticas habituales de retroalimentación en el aula, por lo general, consisten en corregir, identificar errores y, finalmente, calificar. De este modo, se desplaza la construcción del sentido del aprendizaje. El estudiante deja de ser el centro, acepta las correcciones, se le notifican los errores y la calificación, pero no comprende qué y cómo mejorar. A modo de ejemplo, algunas de las formas habituales en que los docentes ofrecen retroalimentación sin centrarse en el aprendizaje del estudiante son las siguientes: • Señalar el error, corregirlo y otorgar una puntuación a la producción. • Escribir una X o subrayar lo que es erróneo y otorgar una puntuación a la producción. • Identificar los errores, explicitar las respuestas correctas y otorgar una puntuación a la producción. En una versión en sintonía con la retroalimentación formativa, los docentes: • Escriben comentarios, formulan preguntas acerca de las producciones y generan un diálogo con el alumnado. • Solicitan a sus estudiantes que expliquen qué han entendido de los comentarios y qué estrategias van a utilizar para mejorar. • Ofrecen un tiempo a partir de los comentarios brindados para que el alumnado pueda volver sobre sus producciones. Generar una cultura de retroalimentación formativa es un desafío que hoy tienen los centros escolares. Esto incluye a los distintos actores de una institución educativa: directivos, docentes, estudiantes y familias. Se trata de instalar modos de ofrecer retroalimentación coherente en distintos ámbitos y entre quienes componen una comunidad educativa.









 

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